Verga marica, me agoté. Un día me levanté y dije: ¿qué estoy haciendo? ¿A dónde estoy yendo con todo esto? Resultó ser un día de muchas revelaciones para mi, conocerme y encontrar eso que tanto me gustaba. Pues en ese momento, esta web no estaba ni a mitad de camino. Pero sigue leyendo, para que te enteres.

El ritmo de trabajo que tenía apenas me permitía vivir para mi, pasaba más tiempo en el trabajo que haciendo lo que me gustaba. Tenía un día a la semana (domingo), para dedicarme a hacer algo con mi vida (no es que ahora tenga muchos días libres, pero amo lo que hago, que es distinto). Ja, vaya que había cosas para elegir: lavar, cocinar, limpiar, planchar, ordenar, verme con amigos, salir a caminar, ir por las compras de la semana, ponerme al día con mi familia, etc.

El resto de la semana era entrar a las 13 y salir a las 21. El horario más cortado de todos, no tienes ni mañana, ni tarde, ni noche. Si te levantas a las 8, bostezas y son las 10, desayunas y son las 12, te levantas a ir a trabajar, sales a las 21, camino a casa te demoras 1 hora, cenas y ya son las 12 de la noche, a dormir porque tienes que ir a trabajar mañana. Entonces, ¿qué coño hago? ¿Con qué tiempo?

Imagínate, un día, haciendo trámites, sin pensarlo mucho, después de haberme puesto hasta un plazo para dejar mi trabajo “exitosamente” (no sé si hoy lo miro con los mismos ojos, porque ahora, a estas alturas, mientras te escribo, yo seguiría estando ahí, cumpliendo horario y nada de esto estaría sucediendo). Me arreché y dije: no voy más para esa vaina. Entré temeroso al correo (hay un telegrama que enviar), lo envié y desde el minuto siguiente comenzaron alertas en mi de que había hecho lo correcto.

Lo primero que sentí fue culpa: “¿será que debí avisar antes?¿hice bien? ¿hice lo correcto por mi?” Yo solito me ubique: “Cállate, que eres feliz y estás libre, ahora más que nunca”. Me costó creerlo, yo estuve mas o menos un mes descansando y recuperándome de “esa culpa”, de tener que cumplir un horario o darle explicaciones a alguien. Semanas después encontré apuntes que me ayudaron a darme cuenta de que tomé la decisión correcta, realmente estaba frustrado en ese lugar. Tenía listas y listas sobre temas que me pasaban a diario: cómo las empresas te alienan al punto que no haces más que trabajar para ellos, el sexismo en el área (por parte de clientes principalmente), entre muchas otras cosas.

Hoy, mientras te escribo esto me veo al espejo diferente: libre, sin cansancio, sin estrés, sin tantos problemas, feliz y agradecido. El primer paso fue convencerme a mi de que merezco más. Yo no merezco estar 8 horas, 6 días a la semana en un lugar que no me hace feliz. Aunque hubo muchas personas a mi alrededor sosteniéndome, yo preferí escucharme a mi.

¿Viste cuando ya rechazas un lugar? Eso me pasaba todos los días y cuando comenzaron las preguntas, una de esas fue: ¿a qué le huyes? La respuesta fue: a mis sueños. Porque no tengo nada que me ate a ese lugar, más que un sueldo. Si estás en esta situación y no sabes qué hacer, planteate cómo quieres vivir y qué estás haciendo para alcanzarlo. No importa cuánto ganes, importa que seas feliz. La plata vendrá, la vida no.